Caminaba por Diagonal San Antonio, con el ceño fruncido, pensando qué demonios lo mantenía con esa angustia. Imaginaba que podría tener un gran desorden emocional, que había perdido toda esperanza y que solo le quedaba el aliento, ese soplo de vida. Pero no, solo estaba aburrido.
Venía desde el metro etiopia, con la mirada al suelo, casi se estrella dos veces. La primera no hubiera sido tan grave, era una mujer de su edad, coqueta, con el pelo recogido, caminando en sentido contrario a él. Desgraciadamente nunca levanto la mirada. La segunda vez que casi se estrella no habría sido un encuentro placentero. Un vagabundo pidiendo limosna, tan andrajoso como la bola de cabellos atrapados en la coladera del baño, intencionalmente quería cruzarse en su camino. Al ver que no obtuvo su lástima, rápidamente se rasco la cabeza, la suciedad habría cultivado liendres al paso del tiempo, regurgito y escupió una plasta viscosa verde al suelo. El volteo al escuchar el horrible sonido de regurgitar, aunque no interrumpió su línea de pensamiento.
“Cuantas posibilidades, cuantas personas, cuantos empleos, cuantos autos, cuantos millones de mexicanos, cuantos países…”, se sintió exhausto “Es demasiado. ¿Como poder tomar una decisión en la infinidad de caminos que existen en la vida?” pensaba. Saco el encendedor de sus vaqueros y prendió un cigarrillo. El encendedor quemo su dedo, el que llamamos gordo por cariño, y el dolor se convirtió en coraje y estrello el encendedor al suelo. Este se negó a romperse. Lo piso y lo pateo con rabia. Lo recogió, lo maldijo, y se lo volvió a meter al bolsillo.
“No lo guardes” Una voz femenina, que parecía escucharse desde dentro de su cabeza le ordenaba.
“Debo de estar perdiendo la cabeza”, pensó, saco el encendedor de nuevo.
Se escucho una carcajada, de esas que se contagian, haciendo que dibujara un rojo vergüenza en sus mejillas.
En la cafetería que estaba a un costado suyo, una mesera, con los dientes de fuera, riendo con descaro lo observaba desde que se detuvo a prender su tabaco. El la miro y rió con ella, con esas risas ahogadas de nerviosismo que se nos llegan a escapar. Ella repitió, “No lo guardes”, con un marlboro en la mano. El volvió a reír, aunque no quería detenerse se sintió deseoso de seguirle la corriente. “¿Qué tal el trabajo?” Le preguntaba mientras prendía su cigarro. “¿Qué tipo de pregunta es esa, soy una mesera, que no ves?”… Uy, de haber sabido que la vida te había amargado, ni te hablaba chiquita. “Es una pregunta común y corriente mi vida”. Claudia, al menos así decía su nametag, quedó sorprendida con la seguridad con la que le había contestado. Después de todo era un día soleado. Intercambiaron teléfonos al fin y el siguió caminando y persiguiendo esa neurosis que no se diluye.
“¿Cuántas veces tendré que recorrer este camino?, ¿Cuántos años tendrán que pasar para vivir tranquilo? Como ahogar estos gritos de desesperacion que rompen dentro de mi cabeza.Todo se ha vuelto tan complicado.
Para trabajar se necesita experiencia, estudios especializados. Si no, trabajaría en esa cafetería” Pensaba. “Para poder estudiar una maestría necesito dinero, para tener dinero necesito trabajar. Con lo que gano trabajando no me alcanza para pagar una maestría, apenas y como, pago la renta del miserable cuarto en donde vivo y para ganar más dinero necesito una maestría. ¡Maldita sea! Me esforzaré y subiré de puesto… mmm ja. ¿Cuánto tiempo? Tardaré años para tener esa subgerencia y eso es tiempo que no tengo. ¡Maldita sea! Trabajaré en las noches. Ajá, y a los tres meses que este tan cansado que empiece a olvidarme de los reportes que tengo que entregar cada mes, me mandarán al carajo y ni maestría, ni comida ni nada. Robaré un banco. No tengo los güevos. Pondré un puesto de pantalones de mezclilla en coapa. Uy no, me dijeron que era una mafia en ese lugar. Esto apesta.”
Pensó en Claudia otra vez, volvió a prender otro cigarrillo por que la frustración era grande. La desesperación, terrible. Empezaba su gastritis a manifestarse. Y seguía pensando “Debe de haber alguna forma. Quizás me iría mejor en España. No lo creo, para trabajar necesitas una visa, para la visa necesitas dinero, para llegar necesitas un boleto de avión que no tengo. Me voy de mojado. Bueno no tengo nada que perder. Ese es el problema. No tengo nada. Ni un buen sueldo, ni conectes, ni papi, ni empresa. Seguro si no me apuro, mañana tendré 30 y seguiré igual de jodido o peor que ahorita.” Hasta a mi ya se me contagio la frustración. “Se que puedo salir de esta jodida mediocridad en la que vivo, país mediocre, estudios mediocres, vida mediocre, ropa mediocre, comida mediocre, nada me llena, nada me convence, nada existe… ” IIIIIIIIIIIIIIRRRGGGGG! Y GUEVOS!
Un auto dio vuelta mientras él cruzaba la calle. Primero golpeó su pierna derecha que le partió a la mitad. Él cayó instantáneamente al cofre del auto cuando ya frenando, vino el impacto y las leyes de física nos explican que el momento se conserva, por lo que él salio volando dos metros adelante del Cougar. El conductor, asustado, rápidamente abrió la puerta, bajó y corrió hacia él. “¿Estas bien?” Estúpida pregunta. El le contesto un OUCHHH! “Llamaré a una ambulancia…” El conductor saco su celular, hoy en día aparatejo inseparable del ser humano.
Al fin llego la ambulancia, ya saben, si llega después de treinta minutos el muerto es gratis.
Él abrió los ojos, lo primero que sintió fueron sus pelotas al aire, saben que esas pijamitas de hospital son muy cómodas. Las drogas para el dolor también habían hecho su trabajo. “Qué chingados….” hablaba con una voz rasposa, parecia aun tener tabaco pegado en la garganta. “Mi amoooor!” Su novia, hacia guardia ahi sentada al pie de la cama. Viejas exageradas, solo se había roto dos costillas, un brazo, una pierna y de paso el encendedor. “Tuviste un accidente, me llamaron del hospital porque no tienes seguro” decía con una lágrima en el ojo. Él vio su pierna derecha enyesada con unos grandes tornillos de titanio saliendo del recubrimiento blanco, su brazo y su torso envuelto en vendajes y un bonito peluche al pie de su cama.
“Para mi puto colmo…” Como si nunca hubiera perdido el hilo del pensamiento.
Mauricio Chacon
05 de julio del 2005
Reeditado 27 de Julio del 2008
